Bestiario 86

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Consigna

 

Mamá nos lleva a ver a papá cada atardecer, sea verano o invierno. Nosotros aguardamos atentos para verle aparecer siempre a la misma hora. Conduce un coche rojo, con los faros encendidos. Toma la curva y sus luces rompen la neblina, se reflejan sobre la carretera mojada por la lluvia, antes de desaparecer bajo el puente. Siempre es así, aunque no llueva, aunque luzca el sol, sea verano o invierno.

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El dios durmiente

El dios había dormido ya durante demasiado tiempo. Las sacerdotisas cesaron en sus letanías, los sacerdotes retiraron los inciensos. Y, aun así, seguía sin despertar.

En el barrio de pescadores, las rederas se reunían cada día para trabajar su oficio y cantaban. “Duerme, Señor”, decía su canción. “Déjanos ser libres, déjanos ser libres”.

En el umbral

La viajera del tiempo se detuvo frente a la puerta cerrada. Oía su propio llanto al otro lado, tanto tiempo atrás. No más que una niña. Un solo paso más hacia la puerta, hacia ella, y todo colapsaría. El continuum no podría soportar la imposibilidad de la paradoja. Ella lloraba, tanto tiempo atrás, y ahora también. ¿El mundo por consolar a una niña? ¿Toda la existencia por sentirse querida, al fin?