El dios durmiente

El dios había dormido ya durante demasiado tiempo. Las sacerdotisas cesaron en sus letanías, los sacerdotes retiraron los inciensos. Y, aun así, seguía sin despertar.

En el barrio de pescadores, las rederas se reunían cada día para trabajar su oficio y cantaban. “Duerme, Señor”, decía su canción. “Déjanos ser libres, déjanos ser libres”.

En el umbral

La viajera del tiempo se detuvo frente a la puerta cerrada. Oía su propio llanto al otro lado, tanto tiempo atrás. No más que una niña. Un solo paso más hacia la puerta, hacia ella, y todo colapsaría. El continuum no podría soportar la imposibilidad de la paradoja. Ella lloraba, tanto tiempo atrás, y ahora también. ¿El mundo por consolar a una niña? ¿Toda la existencia por sentirse querida, al fin?

La charca

En el fondo de la charca vivía una niña. Tenía unos ojos enormes y los dientes afilados. Yo la visitaba todos los veranos y pasaba las tardes sentado junto a los juncos. Le contaba mis pensamientos y mis batallitas, aunque ella nunca me respondía. Sólo me miraba con sus ojos enormes y hacía chasquear sus dientes afilados. “¡Qué vida tan extraña la de fuera de la charca!”, parecía querer decir.