Las trenzas

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Ellas tomaron mis cabellos
y los recogieron en trenzas.
Todo lo inocente, lo tierno, lo frágil,
lo ataron y lo cubrieron.

Busco a la niña
en la oscuridad que dejaron,
la oigo reír y la oigo chillar
y mis manos no la alcanzan.

La niña juega entre jaramagos,
allá donde una vez todo fue bello
donde ahora no queda nada,
sólo farolas y plazas sucias.

Me siento junto a la puerta
y vigilo los caminos.
Ella no viene,
hace mucho que se alejó.

Los caminos despejados,
los pececillos de la orilla,
las estrellas al alcance de la mano…
Todo se ha perdido.

La niña corre
entre matas de alhucema
con manos inocentes
y ojos llenos de anhelos.

Los cabellos sueltos
azotados por el viento,
antes de las trenzas,
antes del asfalto.

Todo lo que una vez amé.
Todo lo que una vez fui.

Tras el cristal

El jardín era demasiado pequeño para llamar mi atención, apenas un borrón de hojas verdes tras un cristal. Lo ignoré durante toda mi vida.

Hasta que, un día de mucho calor, me decidí a abrir la ventana para dejar entrar el fresco. Fue entonces cuando descubrí que el jardín era mucho más grande de lo que yo imaginaba.

Estaba repleto de árboles frutales, de arbustos aromáticos, de estanques con nenúfares. Pero ya era demasiado tarde: mientras yo observaba desde el otro lado del cristal, todas las flores se habían marchitado.

Permíteme

Déjame ser parte de mi tierra, permíteme sentirme pueblo. Por un día, dos, o todos los que me resten de vida. Que mi sudor no se pierda, que caiga sobre los campos que ansían la lluvia. Que se abran los vastos horizontes que tu cobardía estrechó y déjame comprender cuán ancha mi tierra es, cuántas gentes hermanas la habitan, cuántas lenguas que no conozco me hablan de caminos nuevos y sueños viejos. Permíteme amar a esas gentes sin mirar el color de su dinero. Déjame convertir lo que tomé por cadenas en raíces de vida. Permítemelo, oh corazón mío.